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Estamos de vuelta del verano, aquí en París se llaman estas fechas ” la Rentrée” con “R” mayúscula, literalmente la “entrada”. Así se llama el principio de las clases, del año escolar. Pero el concepto se ha difuminado a toda la sociedad y atañe las empresas, las familias, el parlamentos, los medios y las medias, viejos y pequeños, los mojados y los feos, patos y estrenos. Estamos pues de vuelta de todo. Porque le verano lo es todo. Vacaciones, calor, sexo, agua, comilona, jiji, jaja, los críos, mira como crecen.
Y ahora hay que arrimar el hombro. Por lo menos los que tengan trabajo. Y empezar el cole. Si tienes hijos. Y empezar los metros llenos, abarrotados los que cojan el metro porque los otros cogerán el atasco. Empezar le gripe H1N1 que este año no viene pero volverá para los que la pillen. Empezar la casa. La cartera. El estuche. El monedero. Los que usen cartera, a los que algo les quede en el monedero porque se fueron de vacaciones y rompieron la hucha o no se fueron porque no tenían para vacaciones. Estamos de vuelta. Yo soy de esos que entran, porque tienen hijos. Y trabajo. Y algo de dinero que gastar en lo uno, que ganar en lo otro. Pero no del todo. Porque tengo un hijo pero no trabajo fijo. O lo contrario, trabajo fijo pero sin hijos.
O quizás esté jubilado. No sé. El echo es que cuesta subir la cuesta de la vuelta a la vida. Cuando se está de vuelta a la vida. Porque soy de esos que están desechos por un lado y tostaditos por el otro. De vuelta. Como la tortilla. Y me cuesta la cuesta.
Esto voy pensando en este primer día de vuelta al planeta tierra. Tengo quince años. No sé nada de la vida. Nunca me he acostado con una chica. Fumo porros eso si. Voy al instituto. Mis viejos me cargan. Ando y pienso en el otoño. Quince otoños. ¿Nos marchitamos nosotros cada año para renacer como los árboles? ¿Y donde nos caen la hojas? Entonces me veo en el espejo. Tengo cuarenta y cinco año. Roto. Las hojas cayendo.
De vuelta del verano.

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